Del 11 al 28 de julio, un grupo de colegiales del Colegio Mayor Moncloa ha participado en un voluntariado internacional en Filipinas, colaborando con los Misioneros de los Pobres en Tondo (Manila) y con distintas parroquias de la isla de Palawan.

Han sido más de dos semanas de trabajo, convivencia y servicio que han dejado una profunda huella en quienes las han vivido.

Tondo (Manila): descubrir el rostro de los más vulnerables

La primera etapa del voluntariado transcurrió en Tondo, uno de los barrios más pobres de Manila, donde nuestros colegiales convivieron con los Misioneros de los Pobres.

Allí colaboraron en comedores sociales, visitaron a familias en situación de vulnerabilidad y compartieron el día a día con ancianos, niños y personas que viven en condiciones de extrema pobreza.

Uno de los lugares que más les impresionó fue la casa donde vivían los religiosos. En la planta baja residen decenas de ancianos y, en la segunda planta, una veintena de niños con discapacidad, muchos de ellos abandonados cuando apenas eran unos bebés. Gracias a la labor de los brothers y de las enfermeras que los atienden cada día, estos niños reciben unos cuidados llenos de cariño, aunque los recursos materiales sean muy limitados.

Convivir con ellos permitió a los voluntarios acercarse a una realidad que pocas veces aparece en las noticias, pero que interpela profundamente a quien la conoce de cerca.

Un voluntariado que exige el cuerpo… y el corazón

El voluntariado tiene una parte física evidente. Tras su paso por Manila, el grupo se trasladó a Palawan, donde colaboró en la construcción y mejora de varias parroquias, realizando trabajos de albañilería, pintura y mantenimiento.

Pero existe otra exigencia menos visible y, en muchos momentos, más intensa: acompañar el sufrimiento de quienes viven la enfermedad, la soledad o el abandono. Compartir tiempo con los ancianos, jugar con niños cuya historia comienza con un abandono o despedirse de personas que preguntan «¿Volveréis?» deja una huella difícil de explicar.

Son experiencias que recuerdan que servir no consiste únicamente en hacer cosas, sino también en aprender a estar al lado de los demás.

Una despedida difícil

Aunque la estancia en Manila duró apenas una semana, la despedida estuvo cargada de emoción.

Los abrazos de los ancianos, las sonrisas de los niños y la cercanía de los Misioneros de los Pobres hicieron que el adiós fuera especialmente difícil. «No os vayáis» o «¿Volveréis?» eran algunas de las frases que escuchaban nuestros colegiales mientras se despedían. En pocos días se habían creado amistades y vínculos que permanecerán mucho tiempo en su memoria.

Una experiencia que transforma la mirada

Al finalizar el voluntariado, uno de los participantes resumía así lo vivido:

«No sabemos qué nos deparará la vida a cada uno a partir de aquí. Sí sabemos qué vida queremos: precisamente porque sabemos la que no queremos (esa que satura pero no llena).»

Durante estas semanas han aprendido que la felicidad no depende de la cantidad de bienes que se poseen, sino de la capacidad de amar y de dejarse amar. Han descubierto la diferencia entre el placer y la alegría auténtica, entre usar los bienes y quedar esclavizados por ellos, y han comprendido que las mayores alegrías suelen encontrarse precisamente allí donde aparentemente hay menos.

Han sido días de trabajo, de renuncias, de cansancio, de servicio y también de una alegría difícil de describir. Días que les han ayudado a mirar a cada persona con ojos nuevos y a descubrir que, muchas veces, lo verdaderamente importante es también lo más sencillo.

Pero, sobre todo, este voluntariado ha sido un tiempo para profundizar en el trato con Dios.

La oración en la capilla de los brothers, en las parroquias de Palawan o incluso junto al mar fue sosteniendo cada jornada de trabajo. Y, al mismo tiempo, los voluntarios descubrieron que ese mismo Dios salía a su encuentro en los más débiles: en los niños hambrientos, en los ancianos, en quienes sufrían la enfermedad, la pobreza o el abandono. Un encuentro que rompe muchas de nuestras comodidades y transforma la manera de mirar la realidad.

Como escribía uno de los voluntarios:

«Estando aquí uno se pregunta ¿dónde está Dios? Y la respuesta quizá está en que para esta gente, Dios está en nosotros, que intentamos ayudar como podamos y con una sonrisa. Y para nosotros, Dios está en esta gente, que nos recibe de forma cariñosa y a pesar de todo lo que viven se les ve vivir felices, apreciando lo poco que tienen.»

Gracias

Desde el Colegio Mayor Moncloa queremos agradecer de corazón a los Misioneros de los Pobres por su acogida y por el testimonio de entrega que ofrecen cada día. También a las familias filipinas que han abierto las puertas de su casa y de su vida a nuestros colegiales.

Y, de un modo muy especial, gracias a todas las personas que, con sus donativos y su oración, han hecho posible este voluntariado. Vuestra ayuda ha llegado mucho más lejos de lo que imagináis.

Porque hay viajes de los que se vuelve con la maleta llena de recuerdos. Y otros de los que se regresa con una forma nueva de mirar el mundo, de comprender a los demás y de vivir la propia vida. Este ha sido uno de ellos.


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